'ESTACIÓN 1901' #05: Con tus colores hasta el finAL

 


“La familia celebraba los ocho primeros años del pequeño Daniel en su casa en San Miguel. Sus padres se esforzaron en que la fiesta sea un éxito y los niños se diviertan con los juegos y la diversión propia de esa celebración. En la mente del cumpleañero estaba un deseo que despertó desde diciembre del año anterior pero que aún no era realidad, o creía no lo iba a ser. Su mamá lo vistió acorde a la ocasión, la camisa que le compró y los tirantes que acompañaban el vestuario. Sin embargo, poco antes que toque cantar el ‘Happy Birthday’ llegó la luz al final del túnel con un paquete esperado. Daniel apuró el paso para saludar a su tío y recibir en sus manos un presente que, con el paso de los años, sería el recuerdo más bonito de la niñez: Su camiseta de Alianza Lima y el dorsal 10 del jugador que lo hizo querer al azul y blanco. La consecuencia, un Daniel sonriente posó para la foto señalando con orgullo el escudo que marcaría su vida para siempre”.

No fue difícil escoger a Alianza Lima, más aún en una década como los 90 en que otros dos equipos dominaban el medio local y Alianza acumulaba años sin poder celebrar un campeonato y en medio del tiempo, una tragedia que enlutó su historial. Fue una definición por penales en 1993 en que descubrí que Alianza no es solo un equipo de fútbol sino también podía tratarse de un estilo de vida, de una compañía que nunca permitirá que estés en soledad. Es Alianza eso, un sentimiento, un amor incomparable, mi pretexto especial de cada fin de semana.

No tenía preparado tampoco el libreto para el primer titulo que me tocaría ver y celebrar. Pero en años en que el cable era un lujo un tanto inalcanzable, una vieja radio se convirtió el cómplice y me trasladó imaginariamente hasta Talara para seguir los 90 minutos del partido más importante para los hinchas de mi generación. ¿Qué recuerdo? Que no lo podía creer del todo y que posiblemente haya vivido en ese tiempo un sueño del que no quería despertar. Talara, para nosotros, es tierra bendita, de culto, de emoción, de desahogo.

La vida es un vaivén. A lo largo de mis 36 años he conocido momentos buenos y momentos malos, como toda persona. Mi aliancismo es algo inquebrantable pero tuvo puntos en que se hizo más fuerte aún cuando mordimos el polvo de la derrota con la campaña terrible del 2020. Pues si, ese suceso permitió deducir que el amor por los colores es algo que no tiene un límite fijo y que este romance es eterno, así el fútbol nos propine severos golpes y nos envíe a la lona sin posibilidad de evitar una dolorosa caída. Pudimos levantarnos, pudimos crecer y tomar una revancha inmediata, porque Alianza lo puede todo, porque a Alianza ni la muerte pudo vencer.

Ser de Alianza es apelar al corazón y a la fe con once en la cancha y el país más uno distribuidos en las tribunas del estadio o en casa viéndolo con la familia, con los amigos o solo, pero con la camiseta bien puesta y apretando el pecho en cada jugada de peligro. Alianza es corazón y fe hasta en las pichangas, que es donde uno juega con su camiseta blanquiazul y permite por momentos, dar rienda suelta al sueño frustrado y alucinar que está en Matute jugándose una auténtica final.

Pero si algo me ha atrapado de Alianza Lima en estos años es el concepto de “íntimos” con el que se fue forjando desde hace muchos años y que tuve la fortuna de oír del propio “Pitín” Zegarra el por qué. Alianza fue una familia y lo es; la unión es nuestro patrimonio y así salimos de momentos muy duros como 1987 y también pudimos consolidar años exitosos como 1997 y el reciente 2021 para citar dos de nuestras 25 coronas. Corazón, fe, “íntimos”: Esto es Alianza.

¿Y por qué quiero tanto a Alianza? Porque va más allá del balón, de los goles y de la camiseta. Alianza Lima me ha dado también amistades que se han convertido con el paso del tiempo en familia y en un círculo de personas a quienes voy a recurrir en algún momento para compartir precisamente ello: Aliancismo.

Y es aquí donde me tomo la libertad de dejar a un lado por un rato esa escritura un poco tosca y dar pase a ese lado sentimental que embarga el escribir sobre Alianza previo a un 15 de febrero. Y si un vestuario del club fue “íntimo” ¿por qué no lo es también el corazón de un aliancista? Porque el tiempo, los colores y el ir a Matute me permitieron conocer a gente tan especial e importante como Gustavo y Elva a quienes les tengo la máxima consideración por todo lo que representan y apoyan “en los momentos buenos y en los momentos malos”. A Shane y al Doctor Anchante por ese abrazo muy contenido tras la final del 2017, el año en que se me fue la mitad de mi vida. Cecilia, Katy, Thaiss y Dieguito Anaya por ese 05 de agosto del 2017. Aunque no lo conozco personalmente, a Jano Cruzado porque por sus tuits, descubro lo que para él es Alianza; a Joe y al Joker porque también pusieron el hombro cuando uno estaba caído. Alianza me dio la suerte de participar en proyectos muy bonitos en su momento con Floyd y el Flaco Roberto; y ahora, en Memorias de una Piel donde puedo conversar abiertamente de este sentimiento hermoso llamado Alianza Lima en apoyo con gente de quienes aprendo mucho. Quizás olvide algunos nombres y pido las disculpas del caso.

A Alianza no le diré gracias. A Alianza, decirle que este amor será para siempre y le diré gracias cuando me toque dar el último suspiro. Y cuando me muera no quiero nada de flores, quiero un trapo que tenga estos colores: AZUL y BLANCO.

Felices 121 años al amor más bonito.

¡Arriba Alianza!


Por: Daniel 'El Negro Jefe' Brown.

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